Fique por dentro

El único sofá en la habitación

El único sofá en la habitación

Él estaba de pie en el centro de la habitación. Ella se acercó a él desde atrás.

Sus manos en su espalda

Sus brazos lo rodearon por la cintura. Sus manos se cerraron sobre el tejido de la sudadera azul.

Ella apoyó la frente en su espalda. Los dedos de él se posaron en sus antebrazos.

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No se movieron durante un tiempo. La banda oscura de su pañuelo y el pelo oscuro de ella permanecieron quietos.

La luz de los tres torpederos caía sobre ellos. Sus sombras se unían en el suelo.

Ella apretó el abrazo. Él respondió con una leve presión de sus dedos.

Luego, sus manos en su espalda se abrieron. Sus palmas planas recorrieron su espalda lentamente.

Él giró dentro del círculo de sus brazos. Quedaron frente a frente.

Ella miró hacia arriba. Él bajó la mirada.

Sus manos ahora descansaban en sus caderas. Los dedos de ella se aferraban a los laterales de su sudadera.

El vestido marrón de ella rozaba los vaqueros de él. Sus calcetines rosados estaban quietos sobre las tablas del suelo.

Se quedaron así, respirando. El aire no se movía en la habitación.

La planta verde en su maceta era testigo silenciosa. El sofá los esperaba a unos pasos de distancia.

Una de sus manos se soltó de su cadera. Su palma subió por su brazo.

Se detuvo en su hombro. La otra mano lo siguió.

Ella tiró de él hacia sí. La distancia entre sus cuerpos se cerró por completo.

El cierre de la cremallera

Ella bajó la cremallera de su vestido marrón. El sonido fue lento. La tela se abrió.

Él no movió las manos. Permaneció bajo ella, mirando. Su banada oscura seguía en su sitio.

Ella se quitó el vestido por los hombros. Lo dejó caer al suelo, sobre la ropa clara que ya yacía allí. Quedó en medias rosadas y el pequeño metal en su ombligo.

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Él se sentó. Se quitó la sudadera azul. Luego desabrochó sus jeans. Se los quitó junto a los zapatos negros de tacón. Todo fue a parar al mismo montón en el suelo.

La situación cambió por completo. Lo que al principio era una cosa, al final era otra.

Al principio Al final
Ella llevaba puesto el vestido marrón. Su vestido yacía abandonado en el suelo.
Él vestía su sudadera azul y jeans. Su sudadera formaba parte del montón de ropa.
Sus zapatos de tacón estaban junto al sofá. Los zapatos se mezclaron con la sudadera.
Sus cuerpos estaban cubiertos. Sus cuerpos estaban al descubierto.

Quedaron así, con menos tela entre ellos. La luz de los tres torresos caía sobre la piel. Él volvió a tumbarse. Ella se colocó sobre él otra vez. La planta verde en su maceta no había cambiado de lugar.

Ella inclinó su cuerpo hacia el de él. Su pelo oscuro le rozó el pecho. Su mano encontró su costado. Él puso su palma sobre el arco de su espalda. Así se quedaron.

Sus manos en el aire

Él se recostó sobre la espalda, sobre la superficie del sofá. Ella se situó encima de él, de rodillas a su lado. La planta verde permaneció inmóvil en su maceta.

Sus manos no sostenían nada. Yacían abiertas, las palmas hacia el techo, a cada lado de su cabeza. Los dedos estaban ligeramente curvados, quietos. La banda oscura en su frente no se movió.

Ella se inclinó sobre él. Su pelo oscuro cayó hacia los lados, formando cortinas alrededor de sus rostros. Su piercing en el ombligo quedó oculto. Su vestido marrón ya no estaba en la habitación.

Sus manos, libres, buscaron el aire a su alrededor. Dibujaron círculos lentos, ciegos, por encima de su cuerpo. No tocaron la lámpara de pie, ni el aire, ni su piel. Flotaron.

Ella movió sus caderas. Un gemido suyo, mudo, sacudió sus hombros. Sus manos en el aire se cerraron de repente, como atrapando algo invisible. Luego se abrieron de nuevo, vacías.

Lo que no dijo el silencio

Ninguna palabra cruzó el espacio entre ellos. La comunicación fue un asunto de piel y ángulos. La intensidad se medía en contracciones y en la profundidad de las respiraciones.

Ella guió el movimiento con una mano en su muslo. Él respondió arqueando la espalda, un gesto que ella contestó con un cambio de ritmo. La sudadera azul y los jeans ya eran un montón de tela en el suelo.

La luz de los tres torneros los bañaba. Las lamas de las persianas dibujaban líneas de sombra sobre la espalda de ella, sobre sus manos que aún no encontraban destino.

Después de un tiempo, sus palmas encontraron por fin el sofá. Se aferraron al tejido azul del cojín, arrugándolo con fuerza. Fue la única anclaje que encontraron.

Ella se detuvo. Se llevó una mano a su propio vientre, un gesto rápido, casi instintivo. La otra mano se mantuvo apoyada en el sofá, junto a su cadera. Sus calcetines rosados contrastaban con la penumbra.

  • Ella ajustó su posición sobre él, sin usar las manos.
  • Él levantó las caderas para encontrarla, una vez, otra.
  • Ella giró la cabeza hacia uno de los torneros, entrecerrando los ojos.
  • Él exhaló una bocanada de aire que le hinchó los carrillos.
  • Ella deslizó un pie, con su calcetín rosa, sobre la espalda del sofá.
  • Él permitió que su cabeza rodara hacia un lado, hacia donde estaban las zapatillas grises.
  • Ella volvió a llevar su mano a su vientre, esta vez para quedarse.

La manta azul estaba ahora aprisionada bajo ellos. La bolsa negra en el suelo no se movió de su sitio. Las manos de él, finalmente, descansaron sobre sus propios muslos.

Quedaron quietos. El movimiento cesó por completo, reemplazado por una quietud pesada. Solo el sonido del aire entrando y saliendo de sus pulmones llenaba el espacio.

Minutos después, ella se desplomó hacia adelante. Su pelo oscuro se esparció sobre su pecho. Su mano no se movió de su abdomen. La suya yació inmóvil a su lado, sobre la tela del sofá.

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Su mano en el vientre

Él permaneció inmóvil bajo ella. Su respiración era profunda y lenta. La habitación guardaba un silencio pesado.

Ella se ajustó ligeramente sobre su cadera. Su mano izquierda se cerró sobre su propio estómago. Los dedos presionaron la tela delgado del vestido.

La luz de los torres bañaba sus cuerpos quietos. La sombra de la planta se proyectaba sobre la pared. Nadie rompió la quietud durante un largo minuto.

Ella giró la cabeza hacia la ventana. Las lamas de las persianas estaban completamente cerradas. No había nada que mirar en aquella dirección.

Él no apartaba la vista del techo. Su brazo rodeaba su cintura pero sin fuerza alguna. Era un contacto que ya no esperaba nada.

Así se quedaron hasta el final. Ella con la mano apretando su vientre. Él convertido en un soporte inerte bajo su peso.

El reloj siguió avanzando en algún lugar. La grabación alcanzó su límite de tiempo. La escena se congeló en ese último instante de quietud.

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